Cuéntese como una broma. Estaban dos
serpientes al lado de una carretera. Una de ellas, confía a la otra en su
propio idioma, quisiera cruzar evitando los vehículos y el riesgo de morir
atropellada. Para su fortuna, responde altiva su interlocutora, su profesión
era la de “analista de políticas públicas” lo que significa que evalúa opciones
para tomar la mejor decisión. ¿Y bien?, pregunta la primera. Pues que la mejor
opción es “elevarse a uno ocho metros sobre el nivel del piso, trazar una curva
en los aires, y aterrizar lentamente”. ¿Y cómo lograría la serpiente elevarse
esa distancia? ¿Y cómo tendría que ser la curva? ¿Y cómo aterrizar lentamente?
Para esas preguntas, dijo la soberbia serpiente, no había respuestas: ella,
analista de políticas públicas, solo cumplía al identificar la mejor opción.
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| Imagen de autopista.es ... No tengo los derechos. |
Colecciono esta historia desde los
primeros años de estudio en la maestría. No recuerdo quien la contó por primera
vez, si es original de algún profesor o si es la adaptación de una broma que,
alguno de los profesores, escuchó en sus tiempos de estudiante. Todo ello,
además, poco me ha interesado. Pidiendo que nadie se ofenda al sentirse aludido
por aquello de representar a los profesionales de políticas públicas con
serpientes, esta historia la colecciono y comparto (a la mínima provocación,
dicho sea de paso), pues retrata un abuso común de la disciplina de las
políticas públicas: la recomendación condicional. Me explico.
Fuera de discusión teórica, la aplicación
de herramientas y conocimientos de la disciplina de políticas públicas
procuraría tomar mejores decisiones en el ámbito de lo gubernamental. Eso de “mejores”,
si bien es bastante amplio, generalmente puede llenarse con las bondades que
significan decisiones más efectivas, eficientes y económicas. Cada caso es
particular, pero podemos quedarnos, por el momento, con esta idea. ¿De acuerdo?
Partiendo de esta idea, el diseñar una
política pública sería encontrar un conjunto de ideas susceptibles, muchas de
ellas, de volverse acciones generando un cambio en aquello que se ha
identificado como un “problema público”. ¿Y esto cómo se logra? Pues no hay una
respuesta sencilla… ni una respuesta única… ni una aceptada por todos. Pero,
simplificando, podemos decir que andar por los caminos de la llamada “implementación”
puede ofrecernos una idea mas bien clara del terreno.
Aquí es donde la serpiente hace su
recomendación.
En el caso de la broma, la serpiente llegó
a la conclusión de que la mejor opción (la más efectiva, eficiente y económica,
digamos para darle contenido) era la elevación de tantos metros y todo lo
demás. Esa recomendación es del tipo “La mejor opción es C”. Lo gracioso, por
llamarle de una manera, es que para que C sea la mejor opción se deben cumplir
condiciones: que la serpiente pueda volar, pueda desplazarse por los aires,
pueda aterrizar suavemente. Esa, la recomendación C, es una recomendación
condicional.
En la práctica, también se presenta. No
con serpientes (no del tipo que encontramos en el cuento, al menos) ni para
cruzar la carretera. Lamentablemente no me ha sido difícil encontrar ejemplos
donde la recomendación de política pública es condicional: el resultado es el
deseado por todos, pero para ello, deben cumplirse recomendaciones que escapan de
las manos de todos los involucrados: “Lo mejor opción es tal… pero para ello el
gobierno debería funcionar así o asá y la participación ciudadana debería ser
de otra manera y los presupuestos asignarse de esta otra manera y un largo
etcétera”. Como cuando se explica una gráfica a la que se le llama modelo. Y
para lograr aquello, se hace esto y eso. Una flecha y un círculo. Todo bien
enterado del dicho de autores clásicos y contemporáneos. Todo bien armado, pero
divorciado de la realidad. Así se viste la recomendación condicional de
políticas públicas.
¿Y eso para qué sirve? Para quien está en
el escritorio, le pavimenta el camino para explicar por qué los resultados no
se lograron: el problema no está en la propuesta sino en quien llevó la idea a
la práctica. Para quien está del lado de la implementación y en verdad quiere acercarse
o alcanzar los objetivos, la recomendación condicional solo le sirve para
acumular frustración.
En el otro extremo, está lo que llamaremos
la recomendación consistente. Ésta, además, la conjugaremos con dos tipos de
argumentación: la descriptiva y la prescriptiva.
Pero esa, es ya otra historia.

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